Naturaleza y Arquitectura

Necesitamos muchas veces, para entender algo, la confrontación. Las crisis son necesarias y buenas. Nos ayudan a crecer, a ser mejores, más fuertes. A estar más unidos. La belleza se comprende mejor cuando se confronta al horror, a la fealdad, a la barbarie. La belleza ha sido banalizada, y se nos ha dicho que lo monstruoso, lo carente de proporción y armonía, era precisamente lo bello.

Lo complementario se nos ha presentado, en otras ocasiones, como opuesto. Este es el caso de la naturaleza y la arquitectura. Los griegos nos enseñaron que la civilización, la ciudad, la polis, era lo opuesto al campo. La polis era el orden; la naturaleza, el caos. Era necesaria esta confrontación para entender. Y entonces se comprendía esto en su justa medida. Pero las personas tendemos a llevar todo al extremo, y en estos tiempos que hemos vivido hasta la pandemia pensamos que lo civilizado, la ciudad, debía ser necesariamente lo opuesto a la naturaleza. Y condenamos los jardines al ostracismo, y la arquitectura a la funcionalidad y al escaparate de egos desmedidos.

Los romanos, siempre prácticos, nos explicaron esta aparente confrontación de los griegos. La civitas, la ciudad, necesitaba de lo rural, del campo. No eran por tanto opuestos, sino complementarios. La belleza es opuesta a la fealdad. Sin embargo, la arquitectura no se puede dar sin la naturaleza, se necesitan, son complementarias. 

La expresión naturaleza y artificio está muy manida. Y, como todo lo que ha sido manoseado y ajado, parece que ha perdido su valor. Sin embargo le ocurre como esas cosas de la estancia de las naturalezas del silencio, que ahora llamamos bodegones. Todos esos recipientes desgastados, todos esos pucheros que muestran con humildad la pátina del tiempo, nos hablan del ser de personas concretas. De la vida de esas personas, que los han usado, que han dejado algo de sí mismas en todas esas cosas de la estancia. Naturaleza y artificio es una expresión que nos habla en realidad de la forma de ser persona en el mundo. Estamos en el mundo para cambiarlo, para convertirlo en un lugar mejor. Así levantamos una cerca en una pequeña parcela en medio del cosmos, y la cultivamos, y la llamamos jardín. Y a su lado erigimos una humilde construcción, y la llamamos casa. Y, en el centro de la casa, preparamos un lugar para el fuego. Y cerca de ese lugar, una abertura en el muro que nos protege de las fieras y los temporales; una ventana. Y desde esa ventana, junto al hogar, contemplamos, al atardecer, cómo los últimos rayos de sol juguetean con las hojas del roble y del tilo, y soñamos con las dalias y las hortensias que florecerán en primavera y planeamos podar este árbol o cavar el pie de este otro. Y ahí cuidamos de las personas que amamos y de nuestro jardín, y tratamos de hacer, en esta pequeña parcela, un mundo mejor, en armonía con la naturaleza.

La arquitectura no es lo opuesto a la naturaleza. Es su complemento, lo que la lleva a buen término. Una casa no es bonita o fea porque su forma responda a las modas pasajeras impuestas en un determinado momento. Una buena casa es la que entiende el lugar, la que vibra al son de la luz como todo lo que tiene alrededor. Una buena casa es la que está plenamente adaptada a las necesidades de las personas que la habitan y responde al lugar, completa la naturaleza y se convierte en el paisaje, el escenario, de las vidas, no sólo de las personas que la habitan, sino de todas las demás que, al menos una vez en su vida, la contemplan.

La Luz

Où la lumière pleut.

Arthur Rimbaud, Le dormeur du Val

 

El arte, la arquitectura, no son más que luz que acaricia la materia y la transfigura. La luz es materia en su forma más perfecta. La luz hace vibrar un espacio de manera especial, única para cada lugar; lo dota de carácter. Luz son los cuadros de Velázquez, los jardines y la arquitectura verdadera. La base de toda creación artística es la creación de una atmósfera de luz, que el hombre percibe como una revelación.

Los griegos nos enseñaron que la luz es conocimiento, que las ideas, que son inmutables y habitan en el empíreo, sólo podemos contemplarlas con nuestra alma inmortal, liberada del peso de la materia. Por su parte, Tomás de Aquino afirmaba que la luz que emana de los astros celestes no es un cuerpo: «lux non est corpus» (Iª. 76, 7c). Pero en el s. XX le contradijeron los científicos, al enunciar la dualidad onda–corpúsculo de la luz. ¿Es la luz, por tanto, materia? ¿Tenía razón Tomás de Aquino o los científicos?

Decía Teilhard de Chardin que el espíritu es la forma más elevada de materia, o la materia la forma más baja del espíritu, y algo equivalente se puede decir de la luz, metáfora del espíritu. La luz es la materia que emociona, la forma más perfecta de materia.

La literatura ha encontrado, desde tiempo inmemorial, en la luz, el cristal, las piedras preciosas y el oro, metáforas de un mundo que trasciende esta realidad de las leyes de la física, de la materia que pesa y arrastra, prisión del alma para los griegos.

El arte cisterciense dominó como ningún otro el manejo de la luz. Sus iglesias son precisamente cajas de luz, donde se funden la artesanía, la visión mística y trascendente de la luz, imagen del Paraíso y de la transformación que se da en el alma del hombre, y el dominio de la arquitectura y el arte. Este dominio magistral de la luz se da en muy pocas ocasiones, en las verdaderas obras de arquitectura y en algunos jardines, como los de la Alhambra.

En estas iglesias cistercienses, en los jardines, la luz acaricia la piedra y la resucita. Lo hace con la misma parsimonia y delicadeza con la cual la miel se desliza por la piel del cántaro, y la besa. El barro se transfigura entonces en un millar de piedras preciosas, siquiera por un instante; y vive. Por una eternidad. El soplo Divino que dio vida al barro del hombre bien pudo haber sido el beso de la miel sobre el cántaro, la caricia de la luz sobre la materia.

Decía Lorca en El canto de la miel:

La miel es la epopeya del amor,

la materialidad de lo infinito,

Alma y sangre doliente de las flores,

Condensada a través de otro espíritu.

Es la luz la materia básica, fundamental, para construir la arquitectura. La luz dota de carácter a cada espacio, a cada estancia, a cada jardín, y genera las atmósferas que revelan su verdadero ser. La luz construye verdaderamente la estancia y el jardín. Los arquitectos nos dedicamos, con sencillez y oficio, con humildad, a disponer las paredes, el suelo y el techo, que conforman la caja de luz, la cámara obscura donde se produce el milagro. Como la poesía, la arquitectura descubre la Verdad y la nombra con el menor número de palabras. Con las palabras adecuadas en el orden correcto. La materia se transfigura al tacto de la luz que se derrama sobre su piel parsimoniosamente, delicada, y la hace vibrar, según la hora del día y las estaciones del año. Belleza siempre igual y siempre cambiante. Eterna.

Los grandes cuadros, las esculturas más sublimes, el cine que emociona, las iglesias cistercienses, los jardines y las historias de amor están hechos de luz.



Foto: La última rosa. Josef Sudek, 1965. Museo de Bellas Artes de Canadá. Fuente: https://www.internazionale.it/foto/2016/09/05/josef-sudek-foto 

El espíritu del lugar

a Paloma

 

«Cuando el niño era niño…» estas palabras se repiten continuamente al principio de El cielo sobre Berlín, de Wim Wenders. Cuando éramos pequeños, descubrimos un mundo en el jardín. Un mundo habitado por hadas y duendes, princesas y caballeros. Y soñamos. Y los buscamos en los altos cipreses que apuntaban al cielo, y en las glicinias y los jazmines que exhalaban perfumes como risas quedas. Inspeccionábamos las hortensias pacientemente. No había duda; ahí habitaban las hadas. Contemplábamos las rosas, y nos preguntábamos porqué para el Principito había una que era especial, totalmente distinta de todas las demás. Al preguntarnos, intuíamos ya la respuesta.

En ese tiempo, en ese espacio, descubrimos que lo visible se funde inevitablemente con lo invisible; la materia con el tiempo. En nuestras casas y jardines aprendimos a ser personas. Comprendimos que esos seres que habitan nuestros jardines eran mucho más poderosos que los hombres, y garantizaban la estabilidad del cosmos. Supimos entonces que toda vida humana está dotada de sentido y es valiosa por sí misma. Los poetas así nos lo aseguran.

Pasó el tiempo. Nos enseñaron que los romanos creían que cada lugar estaba habitado por un genius loci, por un genio del lugar que custodiaba la identidad de dicho lugar, su ser único, diferente de todos los demás. Y memorizamos los versos del poeta Serdio: «Nullus enim locus sine genio est», ningún lugar está desprovisto de su genio. Aprendimos entonces que los romanos, antes de poner su morada en un lugar, debían interrogar a este dios menor para, negociando con él, lograr que estuviese de su parte. De otro modo la casa estaría abocada al fracaso y a la ruina.

Construir significa, en primer lugar, comprender el lugar. Preguntarse, sentir su ser único. Percibir la vibración de la luz que ahí se da, y que lo convierte en ese rincón totalmente diferente del resto del mundo. Construir un hogar para una persona significa levantar un mundo propio, el de esa persona, dentro del cosmos. Un hortus conclusus, un jardín cerrado donde esa persona habita con las personas que ama y se siente feliz, en armonía con la naturaleza. Protegido del caos y el mal del mundo.

Al lugar no se entra como un conquistador, sino con humildad, con sencillez. No se impone una idea, una forma, sino que, por medio de la escucha paciente y la sintonía con la naturaleza, entramos como invitados, nos dejamos guiar y completamos y potenciamos lo que de bueno tiene ese lugar.

Habíamos construido un mundo inhóspito, una tierra infame, una ciudad ridícula. Si la técnica lo permitía, se construía lo más enajenado y absurdo. El hombre se había alejado de la naturaleza, había perdido sus atributos. Había expulsado del cosmos a las hadas de la infancia. La pandemia nos ha enseñado a volver al jardín y a la arquitectura sencilla y serena. A volver a ser personas, a ser mejores personas. Todo esto comienza con una infancia feliz en un jardín, en busca del hogar de las hadas.

Todo es Arquitectura. Manifiesto

La arquitectura, el arte, no es más que una historia de amor.

Hablar —o escribir— sobre arquitectura supone hacerlo sobre literatura, poesía, música, filosofía, pintura y escultura. Es hablar de matemáticas y sobre las estrellas, del aroma de las flores, del rubor que asoma al rostro de las muchachas enamoradas, de la risa de un niño, de atardeceres, de ir al cielo a lomos de un asno y del sabor de las peras robadas. Supone hablar del tiempo y de la eternidad, de dolores, miedos y esperanzas; de estancias holandesas. Hablar de arquitectura es hablar del hombre y sus cosas, del hombre en su totalidad. En cuerpo y alma.

Y hablar del hombre es «soñar en la primera noche helada en la cual una especie de gorila se sintió misteriosamente hermano del cielo estrellado» (André Malraux, Les Voix du Silence).

Pretendemos que éste sea un lugar de encuentro y de diálogo, no un atril desde donde proclamar un monólogo. Queremos hablar —o escribir— de este gorila soñador que es el hombre, y de sus cosas. En particular, de ese arte pirata, de esa ladrona de todas las artes que es la arquitectura. Para ello, vamos a hablar —a escribir— de literatura, de poesía, de jardines, de música, de fotografía, de pintura, de teatro, de recuerdos, de cine, de pensares y sentires, de pintura… de todas esas cosas que nos hacen ser hombres. De todo aquello que, una noche estrellada, soñó un gorila que, en ese preciso instante, dejó de serlo.

 

 

 

Fuente imagen: https://www.santiagodemolina.com/2011/09/

 

 

 

Sephoris
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