Où la lumière pleut.
Arthur Rimbaud, Le dormeur du Val
El arte, la arquitectura, no son más que luz que acaricia la materia y la transfigura. La luz es materia en su forma más perfecta. La luz hace vibrar un espacio de manera especial, única para cada lugar; lo dota de carácter. Luz son los cuadros de Velázquez, los jardines y la arquitectura verdadera. La base de toda creación artística es la creación de una atmósfera de luz, que el hombre percibe como una revelación.
Los griegos nos enseñaron que la luz es conocimiento, que las ideas, que son inmutables y habitan en el empíreo, sólo podemos contemplarlas con nuestra alma inmortal, liberada del peso de la materia. Por su parte, Tomás de Aquino afirmaba que la luz que emana de los astros celestes no es un cuerpo: «lux non est corpus» (Iª. 76, 7c). Pero en el s. XX le contradijeron los científicos, al enunciar la dualidad onda–corpúsculo de la luz. ¿Es la luz, por tanto, materia? ¿Tenía razón Tomás de Aquino o los científicos?
Decía Teilhard de Chardin que el espíritu es la forma más elevada de materia, o la materia la forma más baja del espíritu, y algo equivalente se puede decir de la luz, metáfora del espíritu. La luz es la materia que emociona, la forma más perfecta de materia.
La literatura ha encontrado, desde tiempo inmemorial, en la luz, el cristal, las piedras preciosas y el oro, metáforas de un mundo que trasciende esta realidad de las leyes de la física, de la materia que pesa y arrastra, prisión del alma para los griegos.
El arte cisterciense dominó como ningún otro el manejo de la luz. Sus iglesias son precisamente cajas de luz, donde se funden la artesanía, la visión mística y trascendente de la luz, imagen del Paraíso y de la transformación que se da en el alma del hombre, y el dominio de la arquitectura y el arte. Este dominio magistral de la luz se da en muy pocas ocasiones, en las verdaderas obras de arquitectura y en algunos jardines, como los de la Alhambra.
En estas iglesias cistercienses, en los jardines, la luz acaricia la piedra y la resucita. Lo hace con la misma parsimonia y delicadeza con la cual la miel se desliza por la piel del cántaro, y la besa. El barro se transfigura entonces en un millar de piedras preciosas, siquiera por un instante; y vive. Por una eternidad. El soplo Divino que dio vida al barro del hombre bien pudo haber sido el beso de la miel sobre el cántaro, la caricia de la luz sobre la materia.
Decía Lorca en El canto de la miel:
La miel es la epopeya del amor,
la materialidad de lo infinito,
Alma y sangre doliente de las flores,
Condensada a través de otro espíritu.
Es la luz la materia básica, fundamental, para construir la arquitectura. La luz dota de carácter a cada espacio, a cada estancia, a cada jardín, y genera las atmósferas que revelan su verdadero ser. La luz construye verdaderamente la estancia y el jardín. Los arquitectos nos dedicamos, con sencillez y oficio, con humildad, a disponer las paredes, el suelo y el techo, que conforman la caja de luz, la cámara obscura donde se produce el milagro. Como la poesía, la arquitectura descubre la Verdad y la nombra con el menor número de palabras. Con las palabras adecuadas en el orden correcto. La materia se transfigura al tacto de la luz que se derrama sobre su piel parsimoniosamente, delicada, y la hace vibrar, según la hora del día y las estaciones del año. Belleza siempre igual y siempre cambiante. Eterna.
Los grandes cuadros, las esculturas más sublimes, el cine que emociona, las iglesias cistercienses, los jardines y las historias de amor están hechos de luz.
Foto: La última rosa. Josef Sudek, 1965. Museo de Bellas Artes de Canadá. Fuente: https://www.internazionale.it/foto/2016/09/05/josef-sudek-foto