a Paloma
«Cuando el niño era niño…» estas palabras se repiten continuamente al principio de El cielo sobre Berlín, de Wim Wenders. Cuando éramos pequeños, descubrimos un mundo en el jardín. Un mundo habitado por hadas y duendes, princesas y caballeros. Y soñamos. Y los buscamos en los altos cipreses que apuntaban al cielo, y en las glicinias y los jazmines que exhalaban perfumes como risas quedas. Inspeccionábamos las hortensias pacientemente. No había duda; ahí habitaban las hadas. Contemplábamos las rosas, y nos preguntábamos porqué para el Principito había una que era especial, totalmente distinta de todas las demás. Al preguntarnos, intuíamos ya la respuesta.
En ese tiempo, en ese espacio, descubrimos que lo visible se funde inevitablemente con lo invisible; la materia con el tiempo. En nuestras casas y jardines aprendimos a ser personas. Comprendimos que esos seres que habitan nuestros jardines eran mucho más poderosos que los hombres, y garantizaban la estabilidad del cosmos. Supimos entonces que toda vida humana está dotada de sentido y es valiosa por sí misma. Los poetas así nos lo aseguran.
Pasó el tiempo. Nos enseñaron que los romanos creían que cada lugar estaba habitado por un genius loci, por un genio del lugar que custodiaba la identidad de dicho lugar, su ser único, diferente de todos los demás. Y memorizamos los versos del poeta Serdio: «Nullus enim locus sine genio est», ningún lugar está desprovisto de su genio. Aprendimos entonces que los romanos, antes de poner su morada en un lugar, debían interrogar a este dios menor para, negociando con él, lograr que estuviese de su parte. De otro modo la casa estaría abocada al fracaso y a la ruina.
Construir significa, en primer lugar, comprender el lugar. Preguntarse, sentir su ser único. Percibir la vibración de la luz que ahí se da, y que lo convierte en ese rincón totalmente diferente del resto del mundo. Construir un hogar para una persona significa levantar un mundo propio, el de esa persona, dentro del cosmos. Un hortus conclusus, un jardín cerrado donde esa persona habita con las personas que ama y se siente feliz, en armonía con la naturaleza. Protegido del caos y el mal del mundo.
Al lugar no se entra como un conquistador, sino con humildad, con sencillez. No se impone una idea, una forma, sino que, por medio de la escucha paciente y la sintonía con la naturaleza, entramos como invitados, nos dejamos guiar y completamos y potenciamos lo que de bueno tiene ese lugar.
Habíamos construido un mundo inhóspito, una tierra infame, una ciudad ridícula. Si la técnica lo permitía, se construía lo más enajenado y absurdo. El hombre se había alejado de la naturaleza, había perdido sus atributos. Había expulsado del cosmos a las hadas de la infancia. La pandemia nos ha enseñado a volver al jardín y a la arquitectura sencilla y serena. A volver a ser personas, a ser mejores personas. Todo esto comienza con una infancia feliz en un jardín, en busca del hogar de las hadas.